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De asesora del hogar a empresaria agrícola: el increíble ejemplo de Julia Ayno

Fecha de publicación: 18 de enero de 2011
Julia Ayno era analfabeta cuando llegó a Chile desde Bolivia. Trabajó como nana y con los ahorros se fue al valle de Azapa, donde comenzó a cultivar la tierra con el apoyo de entidades como Indap, Corfo y BancoEstado. Hoy es una empresaria agrícola que abastece de tomates, melones y otras hortalizas los principales supermercados de Santiago.
De asesora del hogar a empresaria agrícola: el increíble ejemplo de Julia Ayno
Fecha de publicación: 18 de enero de 2011

Julia Ayno era analfabeta cuando llegó a Chile desde Bolivia. Trabajó como nana y con los ahorros se fue al valle de Azapa, donde comenzó a cultivar la tierra con el apoyo de entidades como Indap, Corfo y BancoEstado. Hoy es una empresaria agrícola que abastece de tomates, melones y otras hortalizas los principales supermercados de Santiago.

Ejemplo de capacidad emprendedora para doblarle la mano a los infortunios de la vida y cambiar su destino. También de esfuerzo, tesón y sacrificio. Nadie se queda indiferente frente a esta mujer, hoy empresaria agrícola, que sigue siendo tan modesta y humilde como cuando trabajaba como asesora del hogar, cuando llegó a Arica con 17 años de edad, analfabeta e indocumentada.

Una historia como pocas es la de Julia Ayno Villca, 49 años, natural de Bolivia, nacionalizada chilena hace quince años. A dedo llegó a Chile, atravesó la frontera caminando. Trabajó por ocho años en Arica como nana para subsistir. Hoy es propietaria de 16 hectáreas en el valle de Azapa, 14 de ellas dedicadas a cultivos hortícolas bajo malla antivirus o antiafido, con un patrimonio de poco más de dos millones de dólares, que comenzó de la nada. A su escasa escolaridad se sobrepuso con su talento innato para los negocios.

Nació en el pueblo rural llamado Papel Pampa, situado al sur de La Paz. Su padre era músico, su madre agricultora. Eran tres hermanos. Cuando tenía tres meses falleció su padre. "Mi mamá se sacrificó mucho por nosotros", recuerda con la mirada perdida en el valle donde hoy produce tomates, pepinos, porotos verdes, toda la variedad de hortalizas que embarca directo a supermercados que abastecen la mesa de quienes habitan la Región Metropolitana.

Infortunio

Cuando era pequeña, antes de cumplir un año se cayó de un segundo piso, accidente que no pasó a mayores. Sin embargo cuando tenía ocho años comenzó a sufrir desmayos. A esa edad entró a la escuela y los desmayos que sufría obligaron a su madre a retirarla del colegio. "Por ignorancia la gente decía que eso era contagioso. Mejor retírela porque va a contagiar a los demás niños", cuenta que le dijeron a su madre, y como no quería ser carga para la casa, a los diez años comenzó a trabajar en casas particulares. "Así, de nana como le llaman aquí, trabajé en Oruro y también en Santa Cruz, una vez al año viajaba a ver a mi madre y hermanos".

Pese a que cada cierto tiempo sufría desmayos, se mantuvo trabajando hasta los 17 años, cuando falleció su madre. "Ahí fue cuando pensé, mejor me voy. Mis hermanos estaban con otros familiares, y decidí venirme a Arica, donde tenía una prima que era mayor. Y me vine arriba de un camión, sin documentos, por eso pasé caminando la frontera".

Como nana

En Arica su prima la acogió y le ayudó a buscar trabajo. "Encontré una patrona muy buena, Sandra. Yo le cuidaba sus dos hijos pequeños. Aquí seguí desmayándome. Recién había cumplido 18 cuando mi patrona me llevó a una clínica y ahí dijeron que era un tumor cerebral y me operaron. Entré a la clínica con el nombre de ella. Le trabajé dos años para pagarle la operación, pero estuve con ella ocho años en total. Me retiré cuando me casé (tenía 26 años)".

A su esposo Eugenio Tupa, chileno, hijo de bolivianos asentados en Arica, lo conoció en "la tarqueada" (bailes). Él ha sido pilar fundamental en su gestión empresarial agrícola, "porque él es el productor agrícola y yo la que comercializo, aunque estamos juntos en todo", cuenta.

Recuerda que a poco de estar trabajando como nana en Arica, viajó a Bolivia para regularizar su situación y volver a Chile. El pasaporte le permitió viajar con la familia donde trabajaba cuando salían de vacaciones. "Los acompañé varias veces a Santa Cruz, también a Buenos Aires y una vez a Estados Unidos. Me llevaban para cuidar a los niños, con quienes yo aprendí a leer cuando ingresaron a la escuela. Yo les ayudaba en sus tareas".

A su patrona todos esos años la acompañó al terminal del Agro, a las compras. "Ahí veía los precios y pensaba que era bueno trabajar la tierra. Me acordaba de mi mamá allá en Bolivia como agricultora. Y comencé a ahorrar".

Matrimonio

Los ahorros le permitieron dejar su trabajo de nana e irse al valle de Azapa a trabajar la tierra cuando se casó. Primero fueron tres años como mediera, después arrendando pequeños pedazos de tierra. Así pasaron otros diez años. "Mi marido me decía, nacionalízate, para poder comprar tierra. A los 35 años tuve mis papeles chilenos. Pero yo lo primero que compré fueron acciones de agua, eso me servía para arrendar terrenos y tener agua para producir. Cuando ya tuve varias acciones, postulé a Bienes Nacionales para comprar un terreno. Ahí tuve el apoyo del Banco del Estado y conseguí 6 hectáreas (Km 16 del valle de Azapa, Cerro Moreno Sur), hoy todas con cultivos bajo malla antiafido".

Después compró 10 hectáreas en el kilómetro 40 de Azapa

No ha sido fácil salir adelante. Se repiten muy seguido las largas jornadas de trabajo, desde antes que amanece hasta muy entrada la noche, como ocurre cuando se produce en el campo y después hay que embarcar en los packing, que por el momento arrienda, pero que ahora está empeñada en tener uno propio.

Reconoce que mucha gente la ha apoyado, agricultores del valle, profesionales de Indap, Banco del Estado y Corfo, instituciones que conocen de sus esfuerzos, desvelos y responsabilidad.

Hace algunos años como necesitaba documentos para conducir, tuvo que ir a la escuela de la cárcel de Acha para certificar estudios ya que no registraba. Le certificaron cuarto año básico y resolvió el problema. "Si ahora yo me hago el IVA sola", dice orgullosa, porque por mucho tiempo tuvo que recurrir a terceros para llenar los formularios.

Empresaria

Indap fue un apoyo fundamental en sus inicios, cuando arrendaba terrenos, pero pronto el funcionario que la atendía, le dijo "ya creciste, ahora ándate a Corfo", donde tuvo buena acogida, tanto que a los subsidios recibidos se agrega su participación en una gira tecnológica a Almería, España, donde conoció los avances en cultivo bajo mallas antiafidos, los sistemas de riego y otras tecnologías que favorecen la producción limpia y mejores cosechas.

También un funcionario del Banco del Estado, de nombre Braulio, encargado de microempresas, de quien Julia se siente muy agradecida, pues dice que fue el que la instó a comprar terrenos en el valle de Azapa. "Tú puedes Julia", recuerda que le decía.

En 2009 aprovechó muy bien su viaje a Almería, España, en la gira tecnológica organizada por Corfo para un grupo de agricultores de Azapa; en España compró un container de malla antiafido. Fue un acierto. Al año siguiente, 2010, tuvo muy buenas cosechas gracias al uso de este tipo de malla, que aportan en calidad del producto y volumen.

Como en sus inicios, en la agricultura en Azapa trabajó como mediera, ella ahora cultiva su tierra con medieros. Dice que se esfuerzan más, porque lo hacen en su propio beneficio y no hay que andarlos cuidando como cuando son trabajadores contratados. Es una diferencia que tiene actualmente con su esposo, que quiere terminar con los medieros y contratar trabajadores; medieros de doña Julia que dicho sea de paso, en la última temporada de cosecha del tomate terminaron comprándose una 4x4. Pero ellos no tienen ninguna. Sólo máquinas y vehículos de trabajo.

Tomates, pepinos, porotos verdes, choclos, sandías y melones, están entre sus cultivos preferidos. El 5 de noviembre pasado embarcó un camión de melones a Santiago, supone que fueron los primeros que llegaron a la capital. Y así lo hace siempre, muy coordinada con su marido Eugenio, para conseguir buenos precios para sus productos.

Apoyados también por los cuatro hijos, el varón de 23, que trabaja con ellos directamente en los cultivos y las tres hijas, la mayor de 22, alumna de tercer año de Ingeniería Comercial en la Universidad de Tarapacá. "Acá todos los hijos trabajan, ayudando a fumigar, a la hora de embarcar o vendiendo en el terminal del Agro cuando hay que hacerlo", dice doña Julia hoy, con la misma modestia de cuando nada tenía.